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EL ÁNGEL CIEGO

Tocó a la puerta el ángel destrozado,
y se puso a temblar el cedro joven de la puerta frente al ángel leproso. Y entró a la estancia el ángel, colgante su mirar, descarnadas sus carnes, los pies comidos hasta los tobillos, como los de una grulla negra a punto de su vuelo. Mostraba el cobre de la muerte la epidermis del ángel. Lanzó al horror del aire su descoyuntado vuelo de ángel bueno que ha olvidado bailar. Éste es, amada, el ángel que suele visitarme en los días claros. Cuando se va, devoro las docenas de ratas moribundas que lo siguen (no se trata de hacer drama ante nadie) pisoteo las sombras que han entintado el suelo, fumigo los rincones, expulso con la escoba a los fantasmas, para que todo esté limpio cuando el ángel vuelva, a ensangrentarlo todo, a ennegrecerlo todo.

EDUARDO LIZALDE