SOBRE «COLECCIÓN PRIVADA. EL GABINETE DE LAS MARAVILLAS» DE GUSTAVO IÑIGUEZ
UNA MESA DE DISECCIÓN
por Enrique Carlos
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Para poder denominar «colección» a un conjunto de objetos, es necesario que estos estén atravesados por un hilo conductor. La curaduría no se trata únicamente de poner a convivir objetos entre sí, sino de seleccionar aquellos que comparten algún rasgo y que, al convivir, tejen un discurso mayor de lo que lo harían en lo individual. Podemos entender, entonces, toda curaduría como el ejercicio de un obsesivo, y toda colección como el reflejo de sus fijaciones.
Existen curadurías pensadas para la exhibición, cualquier sala de arte al día de hoy sirve de ejemplo. Pero existen otras, particulares, en las que el coleccionista se permite extravagancias y fetiches que, quizá, el espectador común no encontraría igualmente reveladoras. De hecho, si nos remontamos al origen de los museos, encontramos que el orden ha sido alterado a lo largo de la historia. Allá en los siglos XV al XVIII, las familias de la realeza tenían una habitación o un mueble [a veces ambos] denominado «gabinete». Y era allí donde colocaban objetos que les maravillaban, colecciones que daban fe de un mundo exótico y desconocido: gemas preciosas, reliquias de santos, armas antiguas, etcétera. No es de extrañar que en aquellos años se acuñara el doble significado de la palabra «curiosidad»: aquello que nos resulta extraño, y un deseo de aprendizaje. Así podemos entender toda maravilla como un llamado a la indagación y al conocimiento.
Pasaron siglos, y el mundo comenzó la transición de un pensamiento teológico a uno científico. Aparecieron nuevas clases sociales que exigían acceso al conocimiento, y en 1700 abrieron sus puertas los primeros museos, exhibiendo gran parte de aquellos gabinetes, hasta entonces, privados. Pero el morbo existe, y no importa cuántas maravillas tengamos a la vista, permanece un deseo por descubrir las bambalinas de lo que nos asombra. Y la poesía existe, y no importa cuánto nos alejemos de la teología, se coloca en un lugar muy parecido al de la espiritualidad, ¿a qué nos referimos, si no, cuando utilizamos la expresión de «experiencia estética»?
No me alargo más con el recuento histórico. Es en el sigo XXI, a inicios de los años 20's cuando Gustavo Iñiguez publica Colección privada. El gabinete de las maravillas [Mantis Editores, 2022], un libro en el que se debate con todo este preámbulo: la curación de sus obsesiones y fetiches, el vértigo de hacer público lo privado, el descubrimiento de la similitud entre él mismo y los objetos que ha puesto en su gabinete, y una búsqueda constante de lo sagrado a través del morbo.
Cito:
Quiero ser el primero
en atrapar a mi padre.
Me descubro las piernas.
Si me mira:
desato la culpa
y avanza
hacia adentro el sol
es mediodía en el desierto.
Ansío
un calor parecido que me aturda
un ardor similar que me recorra
mientras quema
si separa
mis piernas.
Pienso ahora en Sophie Call, artista conceptual francesa que ha trabajado en la frontera de la intimidad. Viene a mi cabeza Los Durmientes, obra en la que convocó a algunos desconocidos a dormir en su cama para fotografiarlos durante la noche. Un gabinete hecho arte/acción-del-cuerpo/performance. Pienso también en Félix González‐Torres, artista contemporáneo cubano, homosexual, que fotografió la cama en la que dormía con su amante para ser expuesta en anuncios espectaculares de Nueva York. Un gabinete hecho instalación/terrorismo-poético. Hay quienes coleccionan tazas, postales, reliquias de guerra; ellos, al igual que Gustavo, coleccionan personas, intimidad.
Menciono a Sophie Call y a González-Torres sin afán de seguir el hilo de mi eterna discusión de arte contemporáneo con Gustavo, pues en esta ocasión él se ha encargado de dejar claro a dónde hay que mirar si queremos hablar de arte con él: hacia la pintura holandesa del siglo XVI. La dinastía Brueghel, para ser precisos. Cuatro generaciones de pintores, de bisabuelos a bisnietos, que brindaron una prolífica cantidad de obras maestras. Gustavo utiliza, a modo de epígrafe, seis fichas técnicas de seis pinturas de la dinastía, como mapa de sala para guiarnos en la lectura de esta colección. De inmediato se hace evidente el hecho de que todas las piezas estén firmadas con el mismo apellido no es casualidad, pues lo mismo ocurre con los poemas: cada uno de los textos del libro aborda a un integrante de su familia y las dinámicas internas que sostienen. De esta forma, Gustavo es coleccionista y parte misma de su colección.
Admiremos entonces lo que exhibe este gabinete: una flor salvaje, una lengua de color negro, restos de un barco hecho pedazos, una pierna amputada, un grito, el hueso roto de su madre, el corazón amarillo de un pájaro enfermo, un cuerpo masticado en la nieve, naturaleza muerta, un reluciente cuchillo hecho de odio, la garra de un halcón, el animal más rápido del mundo, un ojo divino, una prótesis... y un poco más allá, en lo profundo, la joya más brillante de esta colección, el astro alrededor del cual orbita cada palabra: un hueco, un vacío, una ausencia que palpita: la herida paterna.
Cito:
¿Cuánto tiempo llevábamos sintiendo el cuerpo helado?, ¿cuánto tiempo más habríamos de permanecer fascinados por la ausencia? Ya presentíamos la descomposición, los restos de animales que habían sido cubiertos por la nada. Pensamos que hemos respondido con un amor, casi intuitivo, a las causas del dolor. No estábamos seguros de realmente amarnos, pero sabíamos lo que dolería si alguno de nosotros se extraviaba. Era el presentimiento oscuro que veníamos cargando: un peso muerto.
Podemos entender este libro también como un bestiario. La mesa de disección de un ornitólogo. La libreta de notas de un licántropo que delira con parvadas. O sencillamente, la visión más desprotegida de un niño que atrapó un pájaro junto a sus hermanos para abrirle el pecho y mirarle el corazón, y que, en algún punto del camino, sin saber cómo, se descubrió él mismo ave, atrapado en un mundo ajeno, con el pecho abierto y graznando de dolor.
Estas son las obsesiones de Gustavo, agrupadas todas por el desamparo. Esta es su materia de estudio y de autoconocimiento. El morbo es la trampa y la poesía la carnada. Gustavo mordió el cebo y se diseccionó a sí mismo. La de aquí es una escritura cruenta, honda y elegante que, por fortuna, nada tiene que ver con la tendencia. Leamos pues esta colección privada, este gabinete de maravillas, que cumple a cabalidad con la máxima del filósofo rumano Emil Cioran: Un libro debe hurgar en las heridas, provocarlas incluso. Un libro debe ser un peligro.