SOBRE «ACANTILADO» DE PATRICIA MATA
EL MANTRA DE LOS TEMORES
por Enrique Carlos
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Acantilado [Mantis Editores, 2017] de Patricia Mata no es un libro acerca del mar, sino acerca del miedo. No hay olas aquí, únicamente las del temor, altas y profundas. Pero aunque este mar sea inmenso y constante no logra desgastar la roca, no por completo. De manera que este libro es también sobre la resistencia. Un montículo de piedra dura que desafía las aguas. Tenemos el miedo y tenemos la resistencia, pero nos falta un elemento más para desentramar la naturaleza de estos poemas, pesados, hondos y exhaustos; la palabra clave es anestesia. Así, sobre estos pilares se sostiene el libro: agua, piedra y un tanque de oxígeno.
Cito:
Llegó el mareo:
como un mantra
[de los temores].
Dichas líneas aparecen en las primeras páginas y me resulta una imagen fundamental para descifrar el melancólico oxímoron que es este libro. De un mantra se dice que es un sonido construido por fonemas que tienen el poder de tranquilizar el espíritu. Es decir, una anestesia metafísica. Pero el de aquí es un mantra de los temores. Es en este juego [independiente a las temáticas que se aborde] en el que se desarrolla Acantilado. Un mantra y un temor, y un mantra y un temor, y ninguno vence y los dos avanzan y Patricia resiste, y otro mantra, pero otro temor.
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La primera sección del libro lleva por título Anestesia y, como ya dije, juega un papel tan fundamental que la portada tipográfica de esta edición podría compartir la inicial de Acantilado con Anestesia. Aborda un conflicto con el padre en una atmósfera quirúrgica. En cada poema se intenta sanar una herida que es imposible de sanar «porque hay ocasiones que el cuerpo / rechaza el acero / y la piel / no cierra». Porque hay heridas tan hondas que son abismos, y dolores tan viejos, como los que hay entre un padre y un hijo, que es mejor resignarse, administrar la anestesia, seguir adelante.
Cito:
Una pastilla
para los nervios.
Abren los ojos con pinzas.
Te dan una pelota para el estrés
y ponen gotas:
Anestesia.
[...]
Ponen gotas
y es normal el olor a quemado
Arderán los ojos.
La luz será imposible
y verás.
Patricia utiliza la anestesia física que recibe su padre como su propia anestesia interna, un parapeto perfecto, un chivo expiatorio para conciliar ambas partes e ignorar la herida, siempre abierta, pero ahora desinfectada, adormecida.
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La segunda sección se denomina Estados alterados. Se trata de una colección de poemas con un hilo conductor más flexible que la anterior, sin embargo, basta leer la primera palabra de la sección [temor], para darnos cuenta de que seguimos caminando por la misma senda. Aquí encontramos situaciones cotidianas en las que el delirio, la depresión, las drogas y el amor crean un entramado de pesadez y fracaso. Por momentos aparece un humor negro, tanto que casi deja de serlo.
Cito:
En caso de emergencia
llamar
a quien sea
pero no a ella.
Es cardiaca y sufriría
dos veces el dolor.
Ataqué
el corazón
con precipicio.
Es una sección con un tono urbano, transcurre de madrugada y suena un viejo blues de fondo. «Y si todo fuera enfermedad» se pregunta Mata, y cada poema cristaliza ese miedo. entonces, de nuevo, la anestesia. Ahora en forma de jeringa, de alucinaciones, de «La sombra de un conejo / en las manos». Pero también nos responde que «No todo tiene por qué ser tan triste», finalmente «La zona áurea / más hermosa / está llena de bombas».
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La tercera sección es la encargada de titular el libro: Acantilado. El hermoso epígrafe de Raúl Zurita nos confirma la sospecha: «este no es un sueño, este es el mar». Por lo tanto, este temor es verdadero, moja, hunde, devasta. La maternidad frustrada templa estos poemas que encuentran su fuga a través de un sueño recurrente. Una pesadilla quizá. Una ola de mar que viene cada noche a inundar de angustia. Una casa arrasada por la marea, un bote amarillo sin retorno, un niño sin nombre fuera de órbita, y Patricia buscando al nonato en los escombros.
Cito:
Dejé un acantilado
al centro del cuerpo.
Los años de control
por no querer ser madre
abrieron soles.
Las veces que conté
las horas
los círculos
la muerte.
⁂
En este libro todo es pesadez, somnolencia, dolor apaciguado. La autora se abraza a un mantra, porque así concibe la poesía. Parada al filo, nos entrega este segundo trabajo hermoso y todavía vibrando. Han pasado ocho años desde Ceda el paso a los dementes [CECA, 2010] y finalmente se ha roto la maldición. Año con año, línea por línea, piedra sobre piedra hasta hacer un Acantilado.