SOBRE «LA EXTRAÑA INCANDESCENCIA AZUL DE LOS ÁCAROS» DE DIEGO ESPÍRITU




YO ES ÁCARO
por Enrique Carlos



Hablemos de la extrañeza. Un libro de poesía que habla de insectos. Pero no, esto no es un libro exactamente, y estos no son insectos comunes. Decirlo así sería atentar contra su particularidad. Un pergamino en todo caso, un tratado sobre parásitos y alimañas.

Un libro, nos alumbra Ulises Carrión, es una secuencia de espacios. Cada uno de estos espacios es percibidos en un momento diferente: un libro  es también una secuencia de momentos. Aquí encontramos la principal disidencia con la obra de Diego, pues en La extraña incandescencia azul de los ácaros la lectura no se percibe en momentos diferentes, se trata de un solo momento que se estira y se alarga. Se extiende. Sin embargo, un poco más delante, Carrión apunta que El lenguaje escrito es una secuencia de signos desplegados en el espacio, cuya lectura transcurre en el tiempo. Y esto sí que sucede en la propuesta de Diego. Si bien esto no es un libro, queda claro que es escritura, una serie de signos que caen, se disponen, y erigen el discurso.

Imposible no pensar en la primera edición de Blanco, de Octavio Paz, en La prosa del transiberiano, o en los Cinco metros de poemas de Carlos Oquendo de Amat. En todo caso, estas referencias son objetuales. Imaginen la cara que pondría Ulises al enterarse de las posibilidades de edición en la era digital. No un libro, sino un ácaro alojado en la sábana blanca de la red.

Hablemos de la incandescencia. Aquello que brilla. ¿Los ácaros brillan? me pregunto, mientras asalta a mi imaginación una hermosa imagen interestelar. Consultemos a un científico. Mejor aún, consultemos a un poeta. ¿Los ácaros brillan? Habría que estudiarlos en una mesa de trabajo minuciosamente, justo lo que ha hecho Diego por años. Los pensamientos del científico y del poeta son muy similares, lo inexplorado. Cada letra un ácaro, cada línea una colonia, esparcidos de forma mallarmeana a lo largo del documento. Un universo de ácaros encendidos en las pantallas de nuestros dispositivos.

Hablemos del azul. Supongamos que empiezo diciendo que me he enamorado de un color. ¿Sería más raro si dijera que me he enamorado de un animal imperceptible que come de mí, come de mi carne?

Pienso en un lienzo de Yves Klein, el libro Azul de Rubén Darío, la portada de un acetato de Muddy Watters, una pizza con queso azul, el uniforma de un policía, la Bleu epoc de Picasso, un algodón de azúcar, las serpientes que al morir se vuelven azules. ¿Qué podrían tener en común todas estas cosas obviando el hecho de que comparten su pigmento? Que todas son habitadas por ácaros.

Los ácaros tienen hábitats muy diversos, y han colonizado casi todos los ambientes, tanto terrestres como dulce‒acuáticos y marinos, incluso los más extremos como los polos y las altas montañas, los desiertos y aguas termales... ¿La mente de un artista? ¿Un libro de poesía? ¿Internet? Era sólo cuestión de tiempo.

Hablemos de los ácaros. ¿De verdad queremos hacerlo? ¿Por qué hablar de ellos? Aunque quizá, la pregunta debería ser ¿De qué otra cosa podríamos hablar si están en todas partes? Lo extraño, en realidad, resulta no haber hablado mucho antes de ellos.

Son milimétricos, habitan la tierra desde hace 500 millones de años, resisten a la más potente aspiradora, en nuestro país existen 2,625 especies diferentes, sobrevivirían a un cataclismo nuclear, se alimentan de nosotros y de todo lo que es nuestro. Ahora, en este momento, están erosionándonos.

Los ácaros no habitan el espacio, son el espacio mismo, ellos lo construyen. Los ácaros no habitan otros cuerpos, ellos son el cuerpo, lo recrean. Los ácaros no habitan la escritura de Diego, son la escritura, el lenguaje, ellos mismos se designan. Soy mi cuerpo y soy lo que me acontece. Mentira. Soy un territorio habitado y soy lo que les acontece. Soy carne y hueso y ácaro. Su carne y su hueso. Yo es otro. Yo es ácaro.

¿De cuántas formas se puede nombrar una creatura? pregunta Diego. A lo que le contestaría Arnaldo Antunes que Los nombres de los bichos no son los bichos. Los bichos son: bichos. Es decir, la palabra nunca es lo que nombra. La palabra ácaro no es un ácaro. La palabra ácaro no vive, camina o muerde. Sin embargo, en la palabra ácaro bien podría vivir una docena de ellos y podrían devorar su significado en pocos minutos si se lo proponen.

¿Qué tan letal es algo que podría vivir en algún pliegue de un oso de agua? continúa Diego cuestionando. Y no puedo evitar pensar en Horacio Quiroga y su célebre cuento El almohadón de plumas, en el que una joven Alicia cae enferma, sin razón aparente, y dura días postrada en cama hasta su muerte. El desenlace lo cito a continuación:


    ―¡Señor! ―llamó a Jordán en voz baja. En el almohadón hay manchas que parecen de sangre.
    
    Jordán se acercó rápidamente, y se dobló a su vez. Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchas oscuras.

    ―Parecen picaduras ―murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil observación.

    ―Levántelo a la luz ―le dijo Jordán.

    La sirvienta lo levantó, pero en seguida lo dejó caer, y se quedó mirando a aquel, lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le erizaban.

    ―¿Qué hay? ―murmuró con la voz ronca.

    ―Pesa mucho ―articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.

    Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa del comedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo.

    Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a las mejillas: sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca.

    Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca ―su trompa, mejor dicho― a las sienes de aquella, chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. [...] En cinco días, en cinco noches, había vaciado a Alicia.

[...]

    Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de plumas.




Después de leer a Quiroga me pregunto ¿queremos continuar hablando de ácaros?

Volvamos pues a la ambiciosa pieza de Diego, ilustrada con la precisa obra de Eduardo Ramón Trejo, y publicada en un interesante formato digital [acompañada, por si fuera poco, por una meticulosa playlist], en el que forma y fondo resultan indivisibles, herencia natural de la poesía concreta, post‒concreta en este caso, mejor dicho.

Me parece que, a través de estas excéntricas creaturas, Diego Espíritu se hace preguntas de orden filosófico que atañen a lo inmenso, lo inabarcable, lo desconocido y lo infinito. Pero consciente de lo inverosímil que resulta hablar de tópicos tan abstractos, invierte la mirada y estudia su reverso, la otra cada de la moneda: lo mínimo y lo diminuto, la ontología de lo pequeño, lo ignorado, lo deleznable. Como el monje que reconoce a Dios en el gusano, porque los polos opuestos se tocan. Y como son opuestos, y como se tocan, esta pieza habla fundamentalmente de límites. No hace falta ir a la profundidad de un arrecife, o al centro de un asteroide para descubrir lo que sucede en nuestro propio cuerpo, día con día, y de lo que ni remotamente nos enteramos. Además, lo más probable es que de ir a estos lejanos territorios, descubriríamos con asombro que sí, que incluso ahí, también resplandece La extraña incandescencia azul de los ácaros.







Columna de humo. Reseña de Enrique Carlos sobre el libro «La extraña incandescencia azul de los ácaros» de Diego Espíritu







Texto leído por Enrique Carlos en la presentación de La extraña incandescencia azul de los ácaros, de Diego Espíritu, el 14 de septiembre de 2021, en el programa El Guardagujas de la Biblioteca Central de Guadalajara.