SOBRE «EL SHOW DE LOS MUERTOS» DE ENRIQUE CARLOS
LA LUZ DE LAS ESTRELLAS MUERTAS
por Luis Eduardo García
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Ven al escenario y sé tú mismo.
Dice el elegista a los muertos. Muestren
ahora ―después de la existencia―
lo que estaban destinados a ser.
Dice el elegista a los muertos. Muestren
ahora ―después de la existencia―
lo que estaban destinados a ser.
Mary Jo Bang
El show de los muertos es una obra en 16 actos llevada a cabo en un cementerio adornado con muy pocos leds. Es un álbum de fotografías en blanco y negro en el que todos los modelos cerraron los ojos. Es una visita al museo de cera más glamuroso del mundo.
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El show de los muertos es, en principio, un libro elegiaco. A lo largo de sus páginas se cumple lo expresado en los versos de la poeta norteamericana Mary Jo Band, con los que abre este texto. Los muertos, en su particular tiempo congelado, pasan al escenario del poema a ser ellos mismos y a mostrar lo que estaban destinados a ser: leyendas, iconos.
Podríamos entender el libro de Enrique Carlos como un acto de amor o admiración hacia ciertas figuras imprescindibles tanto de la cultura pop, como de la literatura y el arte, pero también como una indagación sobre la construcción de la celebridad.
Podríamos concebirlo, claro, como el intento de dar forma a una de las nociones que más han angustiado y fascinado al ser humano desde siempre: la muerte y la dimensión que le rodea.
Podríamos interpretarlo también como un canto.
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Un verso de Ben Lerner: Algunos poemas se hacen visibles mucho después de que deja de existir lo que los originó.
Claro, como la luz de las estrellas muerta.
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En algún momento, la cultura pone en nuestra cabeza el debate sobre la identidad. El dilema entre el yo y la máscara, que probablemente incluya la convención que concibe a la última como algo que resguarda al verdadero yo. ¿Pero, qué tal si, como menciona Zizek en El acoso de las fantasías, lo que oculta la máscara es la ausencia de un yo verdadero? La máscara como prótesis.
Menciono esto porque precisamente las figuras a partir de las cuales Enrique Carlos construye El show de los muertos son eso: personajes, máscaras capturadas en estampas familiares. La tentación de pensar en lo poco que conocemos de las personas ―y más aun de aquellas investidas con los uniformes de la fama― podría llevarnos a la conclusión de que todo retrato de algún modo es un ejercicio superficial. Quizá. Pero también es muy probable que no haya lugar para excavar.
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Descompuestos relojes en el pecho
su propio réquiem bailan mis zapatos.
Los versos anteriores, tomados del primer poema del libro, me parecen particularmente reveladores. ¿Cuál es el tiempo de los muertos, si es que algo así puede tener lugar? Lo único que podemos saber, evidentemente, es cuál es el tiempo en el que nosotros situamos a los muertos: la suspensión del conteo. Los muertos, fuera de supersticiones, pueblan una dimensión congelada en la que nada sucede. Los relojes descompuestos se encargan ahora.
¿Qué puede ser más representativo de esa suspensión que la imagen de James Dean dirigiéndose a su muerte en el Little Bastard?
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El show de los muertos es también, y tal vez ahí radique buena parte de su encanto, un libro médium. Walkie-Talkies espectrales. Una conversación con los que han dejado nuestro mundo.
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Se ha dicho mucho sobre la imposibilidad para pensar o escribir sobre la muerte, o al menos sobre nuestra nula capacidad para hacerlo en términos concretos, críticos o verdaderos. Es ahí donde un tipo como Jean Baudrillard puede intervenir y darnos algunas pistas:
Lo que importa es la singularidad poética. Sólo eso puede justificar la escritura, y no la miserable objetividad de las ideas.
¿Qué quiere decir esto? Simplemente que hablamos de un asunto radical. Él pone en evidencia no sólo nuestra incapacidad para pensar o escribir objetivamente acerca de la muerte, sino del mundo en general. Lo anterior, lo sabemos, no es algo nuevo, y Kant, por ejemplo, ya lo proclamaba doscientos años antes que el filósofo francés. Sin embargo, Jean nos abre una pequeña puerta por donde podemos escurrirnos para no quedarnos como simples espectadores simiescos: la poesía. Todo se trata, parafraseándolo, de arrojar carnadas, trampas en las que el sentido sea lo bastante inocente para caer. Puede que la verdad siempre se haya tratado de eso: trampantojos, espejismos poéticos.
Es luego de entender esto que un libro como El show de los muertos cobra mayor fuerza y sentido. Los poemas, escritos casi en su totalidad en primera persona, construyen algo cercano a una experiencia que no podría ser edificada lejos de lo poético [no importa que habláramos de una pintura, una película, o algo independiente al texto]. Cada una de las voces lírica intentan describir su posición en ese no-mundo que habitan después de la existencia material:
Mi lengua se escabulle;
gusano negro
en la negrura.
Sobre mi cuerpo un hueco soy
donde no cabe
ni siquiera el llanto.
Versos como los anteriores reflejan bien esa aparente ubicación del yo en un entorno nebuloso y completamente otro, pero no expresable. Un limbo en blanco y negro que es el negativo del mundo y escenario de este show.
O quizá, no dejo de pensarlo, los poemas intentan representar el momento previo al desprendimiento. La última exhalación de lo humano y su lenguaje antes de ser asimilada por lo desconocido:
Me oculto bien, apago
las luces.
Le tapo los ojos a mi cuerpo