SOBRE «EL SHOW DE LOS MUERTOS» DE ENRIQUE CARLOS
UNA DANZA NOIR
por Rodrigo Guajardo
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El show de los muertos [ESDLM; Impronta Casa Editora, 2014] no es un poemario de la caída sino del sumergimiento. Empieza del sueño para abajo; no va a la noche, continúa de la noche hacia adentro. No vemos cómo muere el poeta, partimos de que lo hizo. Menos sorprende así que, en una de las notas que hallé a propósito del libro, Claudia Cisneros mencionase que los poemas que componen ESDLM no se parecen nada a lo que ahora escribe su autor. El poeta de este libro ya pasó. Pasó de sí, la portada de este libro es su lápida y la lápida que lo cierra una desbandada de epitafios. Pero él ya es otro. Y esta transfiguración es la que todo el libro busca, la consigue porque el libro acaba. Lo que sigue... ―No encontraremos el arribo a un nuevo puerto aquí. Ese estará, acaso, en los poemas que vendrían o vendrán después y que, mientras, ni conocemos ni vislumbramos.
Así entiendo la particular tensión que hay entre Carlos y este preciso volumen.
El libro es solo duelo. Y también, en la «carrera» de Carlos [aquí una carrera inmóvil] es un libro de vino, de necesario añejamiento. [No sé si exista otra manera de publicar poesía]. Por eso, y por la mortificación del poeta [una que creo comprender desde dentro], este libro sólo podría haber surgido después de muchos años de escribirse [lo empezó en 2007, a los 18 años] y de ser filtrado, con paciencia que no es pasividad sino pasión. Hay una corrosión que se siente untada en las cortezas de los poemas: poemas por demás lacónicos, como ESDLM en suma. Por eso hay una suerte de integridad en el ensimismamiento, en la que cada poema es a la vez todo el libro y por la que llega a resultar difícil explicarlo, como ahora para mí. Porque se trata de una repetición en lo oscuro y lo silencioso. Todo aquí es implosión, y cuesta decirlo, propiedad que le debe a una de las hojas que lo componen: La innombrable. Los poemas surgen a pesar, en el borde de un agujero negro que tiende a engullirlos. Ese vértigo permea la selección de 16 poemas que finalmente conforman la obra: una de la que quedaron fuera [en no sé qué libro cernido muy justamente alrededor de las páginas] muchos más, lo sé porque Carlos me lo dijo, que no conocemos a ciencia cierta, pero cuya omisión, cuya falta toca los bordes de los versos que sí quedaron. Eso es obscenamente in-visible en el poema que cierra ESDLM, de modo que leemos, literal, la textura de amputaciones.
Embebido o impregnado como estoy con su lectura [lo he leído una y otra vez tratando de asimilar... de inocularme su obcecación mortuoria], no puedo menos que estar hablando de él en «negativo», es decir, para invocar ESDLM hay que recurrir a muchos «no». Estamos ante una obra negada en varios sentidos... a la que, si le ha sido posible afirmarse [a saber, en estas páginas, tal como obra] ha sido por una serie de ausencias cuya repetición, bien templada, acaba por revelarse como materia oscura y sin sonido. La luz de la que hablamos aquí es, obviamente, una luz negra, un plasma sómbrico parecido al que intermite a las orillas de las luces del estroboscopio que, me parece, abren este poemario:
Encarnadas luces en mis ojos
ojos negros estos en lo negro
luces que hacen parecer que brinco
otra vez
mi sorda tristeza esconden.
Descompuestos relojes en el pecho
su propio réquiem bailan mis zapatos.
Es pues, una danza noir. Hay varios elementos de ese género presentes acá: la mujer parecida a la muerte, que identifico en un sentido verdaderamente fatal: azar y contingencia letales que cambian la vida, hasta su contrario. Esta mujer es la innombrable, la que no se puede decir; por eso alentarla quizá sólo cabe en las oclusiones que el poema evoca, y que evocan a esa paneriana «mujer que amé parecida a la nada / vaciando su cuerpo esbelto / en el amanecer de la noche». Del noir siguen las pistolas, el humo, las cenizas, el rebelde, el crimen, la huida [el poema J.D. es acaso el único con algo parecido a un aire que respirar, el que abanican las despedidas]. Una huida casi ontológicamente imposible porque aquí habitamos en un universo definido, dicho sea en estricto rigor, por la cerrazón. Una trunquedad abrupta como en la que intuyo empieza este libro y en cuyo cabo opuesto termina. Estamos en el sitio de la claustrofobia, una claustrofobia verbal que halla su propia arte poética en el Monólogo de Marcel Marceau: una algarabía apagada y en muñones.
Por ese ámbito, las delimitaciones de este universo están ceñidas también a un juego de referencias a obras y artistas que quizá sean las únicas vistas hacia un mundo, más que exterior, anterior, donde alguna vez ocupó vivir. Todos los artistas de los poemas de Carlos está muertos, salgo aquel que, por seguir entre nosotros, puede nombrar el panteón de este libro: Charly García y su canción El show de los muertos. Hermosa clave que apela a una tradición y a un sentido [uno] en medio de este rito funeral.
De súbito tuve la impresión de leer estos poemas como por un hueco en la pared, de escucharlo por los visillos, y la peligrosa sensación de espiar, de invadir con las sensaciones, de leer como profanar ESDLM. Y como a este libro se llega [tal su nombre y su cortante, filosa edición, lo prometen] por eliminación... quise deshebrar las sensaciones, la madeja de las voces subumbrales como «tu cabello de oro, Margaret» se escucha más bien molido en lacia ceniza de la callada sulamita.
Lo apagado es lo que hay que escuchar aquí, porque en Carlos no hay melancolía sino pesar, y su escritura no suelta esa suerte de música lánguida [acaso arpas, violines], en su vez, la sordina sobre el metal vacío del saxofón del pájaro que se desgañita en el fin del mundo [es decir, al principio de este libro], al cabo, lo que el metal tiene por sonar es su abandono encandilante:
Hasta mi muerte cuando muero brilla.
Al fin, piedra negra sobre una piedra blanca, cada poema de ESDLM sobre su página.