SOBRE «EL SHOW DE LOS MUERTOS» DE ENRIQUE CARLOS




ANFETAMINAS, GUITARRAS Y BARBITÚRICOS
por Mario Heredia



Y está el silencio de los muertos.
Si nosotros, vivos,
no podemos hablar de profundas experiencias,
¿por qué asombrarse de que los muertos
no nos hablen de la muerte?
Su silencio será interpretado
cuando nos acerquemos a ellos.

Edgar Lee Masters


Cuanto mayor certeza, menor convencimiento. Eh ahí la incertidumbre en el mundo, la falta de iluminación, la falta de respuestas que nos dejen cobijados, tanto a los vivos como a los muertos. Porque todo es voz que surge súbitamente, inundación, incendio, un escape fallido que nos orilla a la pared. A veces un murmullo, un rezo casi imperceptible, como si se tratara de un remoto enjambre de abejas. Al ir leyendo todo se pinta de color oscuro, vacío, color escaso, asfixiante. De pronto el metal, una cuerda que se tensa y crea una expectativa de sonido que nos deja bocarriba, muchos segundos, mucho tiempo imposible de calcular, ni con palabra ni con nada: quizá solo bajo la incomprensible temporalidad de los muertos. Vida que se divide en infinidad de fragmentos. Hay rabia, o quizá más que rabia un macerar las venas, atormentado gotear de tinta que nos ensombrece cada página, que hace que nos duela, que nos moleste y nos haga dejar de leer, tomar aire, salir a caminar un rato.

El show de los muertos quizá es de los libros que se pueda escribir cada vez que se lee, en el que puedas burlar a lo trascendental, meterte en una caja con cada uno de tus difuntos y los hagas sonreír, y sobre todo hablar. Que no es Spoon Rivers, que no hay doscientas cincuenta historias sencillas y pulcras, epitafios que marcaron la trascendencia de la gente buena y decente que, como siempre sucede, fracasa. Pero sí una caja de resonancia, una voz de músico atormentado, de actor, artista que logra detener una imagen más allá que lo que puede lograr un retrato. Un afán de reventar [no reinventar] el tiempo y el espacio, de buscar ese final como única puerta.

Cito:

            Detrás de mis ojos
            un niño le teme a la oscuridad
        
    busca la luz eternamente.

Enrique Carlos y sus poemas de difuntos. Son dieciséis muertes independientes, independientes tiempos, independientes espacios, voces, repercusiones. ¿Dieciséis muertes independientes del propio autor? ¿Es Enrique Carlos quien muere en cada uno de sus poemas? ¿Realmente el poeta se sacrifica por todos? ¿O ese sacrificio es solo una inmolación necesaria y egoísta? Sencillez no es sequedad, pero estos versos me dan sed, algunos huelen a flor marchita, otros a cigarro y alcohol de las ocho de la mañana, de esa náusea que se convierte en gozo por la magia del sol.

¿Se puede ser todos los poemas que se escribe y no fallar en esa tentativa? Alguien como yo vendió su rostro y su vida a la velocidad. La fama y la juventud eternas habrían sido mi recompensa. Hablar de que me perdí en un sax e hice estallar mis venas en un milagro de heroína, una ciega voz, oscura y brillante dentro de un libro pautado. Yo soy pintor y lloro lágrimas de alcohol hasta quedar deshidratado y ungido por el trabajo y la rutina. Yo soy la madre que se muere a diario junto a su pareja, soy la voz de un cuervo que nos mira desde una esquina de la página y nos hace sangrar de las dos córneas.

Caminamos en la misma procesión del poeta, en la procesión de Enrique Carlos, en el rodar de esta máquina vieja y tosijosa que llamamos vida. Caminar hacia lo que esperamos [esperanza, palabra clave], crear un engranaje perfecto, sincrónico. El paraíso. Por el título no podemos estar serios [sólo los ungidos le crean su culto a una canción de rock], pero nos gana el dolor de aquí dentro, nos mata la risa que un espectáculo de muchas luces oscuras debía darnos. Quién no se va a reír de un anciano que decidió convertirse en una marioneta con tal de convencernos de su triste metáfora. Pero no nos reímos, al contrario, surge la congoja, el malestar, una especie de lóbrego trozo de tela que se expande en la garganta. Un himno roto para quien predijo la muerte, cómo atreverse si no es porque quien lo escribe lo hace como un mero pretexto para abrirse el pecho con las mismas visiones de ángeles blanquísimos que pudieron vaciar desde los cielos nubes repletas de anfetaminas, guitarras y barbitúricos.

Ir y venir de la biografía de quien él tanto admira, a su triste ciudad que llora todo tipo de fluidos menos lágrimas. Triste soledad y miedo. Este no atreverse a ser quien podría ser. Hasta llegar al fin, extenuado, apenas con tiempo para tomar aire y comenzar con esta letanía, purga, vértigo espeso, ensayo de esa última noche, esa que todos esperamos, que todos tememos, y que cierra con gran acierto un libro que me sorprende y agradezco.







Columna de humo. Reseña de Mario Heredia sobre el libro «El show de los muertos» [Impronta Casa Editora, 2014] de Enrique Carlos







Texto leído por Mario Heredia en la presentación de El show de los muertos [Impronta Casa Editora, 2014] de Enrique Carlos, el 24 de abril de 2015, en la Sociedad General de Escritores de México.