SOBRE «SOCIEDAD SECRETA» DE ENRIQUE CARLOS
UN CUCHILLO; TRES INCENDIOS
por Fanny Enrigue
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Siendo honesta, después de que Enrique me propuso presentar Sociedad secreta, percibí un aroma a flor, a madreselva, por no decir un olor a filo, una amenaza. ¿No son aquellas obras que cautivan, como es el caso, las que nos dejan sin palabras, como si hubiéramos escuchado una detonación? Sé que, paradójicamente, son también esas letras las que fungen como el gatillo de un revólver para generar nuevas escrituras y reflexiones. Pero el primer momento es de pasmo y en ese ir y venir, atónita por un libro que aparenta simplicidad, entre otras cosas, por su extensión, intentaré desvanecer la bruma dejada por la pólvora o, tal vez, sólo consiga hacer más difuso el ambiente.
por Fanny Enrigue
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Siendo honesta, después de que Enrique me propuso presentar Sociedad secreta, percibí un aroma a flor, a madreselva, por no decir un olor a filo, una amenaza. ¿No son aquellas obras que cautivan, como es el caso, las que nos dejan sin palabras, como si hubiéramos escuchado una detonación? Sé que, paradójicamente, son también esas letras las que fungen como el gatillo de un revólver para generar nuevas escrituras y reflexiones. Pero el primer momento es de pasmo y en ese ir y venir, atónita por un libro que aparenta simplicidad, entre otras cosas, por su extensión, intentaré desvanecer la bruma dejada por la pólvora o, tal vez, sólo consiga hacer más difuso el ambiente.
INCENDIO UNO
Mi primer lectura de Sociedad secreta fue semejante a una sumersión en un film de cine negro. Desde el título del texto, la estructura, el apoyo en elementos cinematográficos (voz en off, flashback, fade out; el soundtrack que lo acompaña), así como los asuntos implicados: una mujer, un arma, ceniceros desbordados, un cuerpo sobre el asfalto, entre otros, me constreñía a ese entorno.
James Ellroy —caracterizando al movimiento que tuvo lugar en Estados Unidos, de 1945 a 58—, considera sobre el cine noir que:
«...tenía un gran tema. Y el tema es: estás jodido. acabas de conocer a una mujer, estás a un paso del mejor sexo de tu vida, pero después de seis semanas de conocerla, te culparán por un crimen que no cometiste y terminarás en la cámara de gas. Y mientras te atan las correas y estás a punto de respirar cianuro, agradeces las semanas que pasaste con ella y tu propia muerte».
En esta obra, sin embargo, la sociedad parece circunscribirse a la relación entre dos personajes: «Nos hizo falta un barrio chino/ medias de terciopelo/ cartas, jeringas», leemos. Y el resto de piezas, colocadas estratégicamente («un labial desecho en la guantera», la botella en cuyo interior nadaban cada noche, las «cosas destinadas para el color negro»), fungen como un mecanismo, una sentencia que paulatinamente precipitará los acontecimientos. Aunque esto último lo digo con bastante reserva, casi circunspecta, en vista de la difuminación de límites precisos, la apertura de la obra para múltiples lecturas.
Por otra parte, cierto que, por más apoyos y recursos tomados del ámbito fílmico, hablo de un libro de poesía que deliberadamente se aparta de todo barroquismo y descarna el lenguaje, hasta conseguir que lo no dicho adquiera un peso tan inquietante como las propias palabras. Práctica, esta última que, a mi parecer, cada vez con más refinamiento, particulariza la escritura de Enrique Carlos.
Quizá por lo anterior, las imágenes se sucedieron en mi cabeza como espectadora de un montaje en blanco y negro. No obstante, había elementos aparentemente secundarios que, sin desestimar esta primera impresión de poemario noir, me desanclaron para volver a la carga; elementos como podrían ser, en la mayoría de las películas de la época a la que se refiere Ellroy, los títulos de apertura, las perforaciones o cigarrete burn que a veces, una vez centrados en el texto, parecen borrarse y haber desaparecido, siendo que, en numerosas ocasiones, constituyen la oscuridad que rodea al fuego.
INCENDIO DOS
Considera Borges que, más que hablar de géneros literarios, hay diversos tipos de lectores y son estos quienes, atinada o disparatadamente —si es que tales calificativos puedan aplicar—, entran a la obra, con sus propias manías y a veces falsas ideas sobre lo central en ella. El argentino lo ejemplifica con alguien que, acostumbrado a la novela policíaca abre el Quijote y el faro con que guía su lectura, el anzuelo con que pasa las páginas es el famoso lugar, de cuyo nombre no quiere acordarse el manchego: ¿se cometió un crimen?, ¿cuál es la razón para esa voluntad de desmemoria?
Así, volviendo a la plaquette de Enrique Carlos, la tensa calma de la atmósfera poética me hizo perder los sesos para, en una labor detectivesca o hilarante, según quiera verse, comenzar a sospechar de los epígrafes inicial y final, de la autoría de William Carlos Williams.
Valiéndome, desde una perspectiva heterodoxa, de un par de nociones derrideanas, me pareció quellos versos de «Asphodel», lejos de emplearse como utilería o adorno, lejos de constituirse meramente como el parerga de que habla el francés, al referirse por ejemplo al marco de los cuadros (que representan una suerte de enmarque para dar orden al ergon, a la obra), considero que su empleo en Sociedad secreta no se limita a ser una barrera que la constriña sino una suerte de juego, una maquinación dialógica, un laberinto.
El poema de Williams fue publicado en 1957, en el libro Viaje al amor; lejos quedaba, según su autor, aquella fascinación por el imaginismo, movimiento caracterizado por Eliot por tres aspectos: el tratamiento directo de la cosa; el rehuir del empleo de palabras innecesarias y la composición, atendiendo a la secuencia de una frase musical y no de un metrónomo. Aunque algunos como Arturo Dávila consideran que «Williams nunca abandonó (al menos parcialmente) ese tratamiento directo de las cosas, el rigor de las palabras, y el ritmo de la frase. [...] Palmer Blackmur sugirió que su obra se cifraba en el imaginismo de 1912, auto-trascendido».
«Asphodel» de Williams Carlos Williams, aparece en una etapa tardía de su escritura. La inversión de numerosos símbolos y jerarquías tradicionales (como las flores infernales) ya había sido puesta en marcha por otros poetas como Baudelaire, un siglo antes; aunque en el caso que tratamos, la búsqueda de Carlos Williams se particularice por el propósito de tirar amarras en la lengua estadounidense.
Quizá el dialecto de los órganos y las enfermedades que aquejaban a los niños, a quienes atendía en sus jornadas diurnas, la prescripción de sintéticas recetas médicas, junto con el movimiento ya dicho, ejercieron una suerte de búsqueda de la concreción: los fármacos suelen poseer unas denominaciones bastante peculiares, algunos rayando en lo impronunciable: ¿música?
La trayectoria de Enrique Carlos no se encuentra alejada de la música y, por diversas circunstancias, conoce también una larga lista de medicamentos. Señalamiento con el que no pretendo establecer analogías vitales, sino escriturales. Sobre todo, más allá de la evidente influencia del poeta y médico, la voluntad dialógica de Sociedad secreta con «Asphodel».
Con esto último disto de referirme a una simple paráfrasis, sino a una voluntad de abismo, formal y temática, en específico con dicho poema. A mi parecer, el reflejo que encontramos es manifiesto, de una manera mucho más abrupta que las imágenes que apreciamos en aquellos espejos flamencos (por los que, cabe acotar, también sentía fascinación Williams, si pensamos en la obra Pictures from Brueghel).
Un espejo, aquí, corroído por los humores de una ciudad y por la brisa marina ¿un puerto? Aunque en ambos encontramos imágenes que nos remiten a la duplicidad de lo vivo y la putrefacción que, en alguna medida, le es inherente, mientras en «Asphodel» leemos que la muerte no marca el fin del amor y que «Hay una jerarquía/ que puede ser recorrida/ [...]/ en su servicio»; en Sociedad secreta, esa gradación parece disolverse: «No sabemos si la noche se refleja en el mar/ o viceversa», escribe Enrique Carlos. Y, en otro poema: «Le pregunté hacia dónde/ quedaba el sur. Su respuesta/ fue la de alguien/ que había perdido el norte/ por completo».
Aunque antes sugerí la influencia de Williams en el sincretismo de la escritura de Enrique, el refractamiento del que recién hablé y que aparece en esta obra, es patente asimismo en la estructura del poemario, en que se triza el orden; ausencia de linealidad que detona la posibilidad de numerosas interpretaciones: cada lectura parece dejarnos a nosotros, lectores, rodeados de distinta metralla, una desorientación, el cuestionamiento que hace el propio sujeto del poema.
INCENDIO TRES
Considera Pura López Colomé que la escritura de Carlos Williams tiene su base en las sensaciones, y lo que el poeta comunica a través de la imaginación son los procesos creativos de la naturaleza, generando, entre otras cosas, una crítica del mundo: «Si nadie viene a ponerlo a prueba/ el mundo/ saldrá perdiendo», leemos en «Asphodel». López Merino, por su parte, indica que lo que el autor estadounidense presenta son «las cosas y los hombres de a pie al modo de instantáneas imprevistas».
Las cosas y los hombres de Sociedad secreta, pienso, tienen su raíz en los textos de Williams puestos como epígrafes. Son ese reflejo concreto, descarnado, que miramos en el espejo corroído: la imagen viciada tanto por los ruidos de la urbe y el océano, así como por la narrativa y visualidad del cine negro y la novela policial: «A fuerza de golpearnos/ contra la realidad —leemos— terminamos por parecernos/ a ella».
Parece darse, entonces, en esta obra de Enrique Carlos, el proceso inverso: en principio era el verbo, en principio era el espejo que se desdobla en otro espejo, en otros versos. Un verbo laberíntico pues, según decía antes, el peso de lo no dicho resulta perturbador: por una parte, el desasosiego, los significados huidizos: «No estoy seguro si brillas/ como medusa en el cielo;/ una aurora boreal/ hendiéndose en el agua».
Pero también la trampa: los pétalos de las flores que aparecen en este infierno mutan, se vuelven otra cosa una vez que se cree tenerlos en las manos, y aquellos acontecimientos de los que hablé con reserva, son emboscada: el aturdimiento, una mancha roja en el pantalón o un cuchillo nos conducen a otros sucesos igualmente evasivos. Ese carácter fugaz de lo que presenciamos como lectores, la imposibilidad de una certeza y lo mutable, son parte, en mi opinión, de lo fascinante de la puesta en abismo de esta sociedad; emulan, de alguna forma, las quemaduras de cigarro cinematográficas, o la consistencia de la oscuridad que rodea al fuego.
⁂
Cierro celebrando la preciosa edición de Sombrario, que nos invita a los lectores a atravesar las páginas de la noche más oscura, alumbrados por un incendio. Sobre el gran tema del que habla Ellroy, con el aroma a madreselva que tienen las detonaciones, agradezco, como aquellos personajes, las semanas que pasé con esta sociedad, con estos versos o instantáneas sobre quienes están jodidos, pues, lo he dicho: en cada ocasión, en cada detonación, termino sitiada por diferentes esquirlas.
