TRES POEMAS DE HERNÁN LA GRECA




MUJER MARAVILLA


La ropa de gustar, la vincha, el cinturón
los brazaletes, se los calza y sale
a repartir destellos por el país que quiso
convertirla en leyenda. Encantadora es.
Inapelable.

Nada de música o estrellas, nada
de campanas. Cuando ella pasa, el mundo
es una chica americana. Su belleza
se mide en la futilidad de un gesto:
como arma letal, un avión invisible.

Sufre por ser fuerte y no poder
perder un brazo, el corazón
en una balacera. Sufre
porque no ama, y es ése
el aire que le falta.

Sueño con tener un recuerdo con ella
por ejemplo: la experiencia de los dos
en el fotomatón. Como prueba inobjetable
una historia de amor en cuatro cuadros
para llevar en el bolsillo
del corazón de la chaqueta.

Su mayor certeza no la obtiene
de la verdad del lazo. Lo que importa
lo sabe por lo que lleva
perdido.

No cuenta lo que haga, en la lucha
o recostada en un sillón, todo el tiempo
parece que su traje va a ceder. No es la furia
de la carne suspendida, es el corazón
que late.

Agitada, la vedette se deja ver
después de la rutina. La boca
el cuello, el pelo suelto. Está en todo
lo que digo, está en lo que todavía
espero.



FLASH

Es el hombre más veloz de la tierra. Ir de una punta
a otra de la noche le toma un paso, un parpadeo. Corre
con ventaja: sabe que es inalcanzable. ¿No es un don
tener el corazón como un dínamo, los músculos elásticos
y arrestos de leopardo?
Verlo correr es privilegio de pocos. De lejos
parece un mundo, una pelota; y sólo un ojo
fino y entrenado, puede reconocer a la carrera
un pie, un codo, una muñeca.
Sobre él cuentan proezas —dicen— a su paso la noche parece detenida.
Hace del río agua estancada; del sol, una moneda.
Una noche, de su corazón salieron deseos. Y oyó.
Oyó el mar, el batir moroso de espuma sobre rocas
bajo un cielo espeso, cargado de vapores.
Desvanecida la visión el héroe cayó dormido
el finísimo traje carmesí
decolorado por el sol de la mañana.

Ahora se mueve por la casa
vacía, lo han despreciado, ya no lleva
dos alas en su espalda, sostiene un vaso y se muere
por mostrar lo que ha aprendido. Así
imagina que hay alguien a su lado. La lleva, la trae
del brazo hasta el sillón, toma un libro del estante
lo abre ––las figuras con el dedo señaladas—
y dice: «Esto es un pez; esto
una jirafa».



GATÚBELA

Yo me acuerdo de los hermosos días, de su andar
y de la música del látigo, cuando el látigo tenía
mala fama. Apenas se la oía, susurraba. Y yo
veía siempre en esos labios
la forma del beso.

Yo me acuerdo del estruendo de mirarla
de rodillas sobre un hombre y suspirar
un plan, solamente con los ojos. Ante mí
una flor salvaje con un lujoso estuche
de cuero negro.

¿De dónde salía esa mujer que al calor
del mediodía, con el héroe a punto
de quedar duplicado a dos mitades
por la dentada ruena de platino
hacía olvidar la sierra
y los villanos?

Aunque no he vuelto a verla más
que en algún documental sobre su ex
compañero de trabajo, una mujer hubo en mi vida
que hizo las veces de ella. Con un pie en la mesa
ratona, una S/M de entre casa con pulóver
cuello ve.

No tengo nada que decir. Nada más para dar
testimonio. He contado todo: lo que vi y lo que no
viví —la belleza, la fuerza de su abrazo—. Aún hoy
cuando todo es negro, cuando un agua
espesa baja de las flores, de noche, yo
me acuerdo.














Hernán La Greca
Tomados de La fuerza
Bajo la luna nueva, 2001