CUATRO INSTRUCCIONES DE LEILA GUERRIERO




INSTRUCCIÓN 1

Vaya hasta la sala de su casa. Déjese caer en un sillón. Él va a llegar poco después. Mire por la ventana, como si intentara que él se diera cuenta de que usted es el pararrayos de la melancolía de todo el universo. Él va a preguntar: «¿Qué pasa?». Piense: «Que todo lo que me gustaba de vos ha desaparecido». Diga: «Nada, ¿por?». Él va a decir: «Estás pensativa». Sienta que la garganta se le cierra como si un puño intentara atravesarle la tráquea. Él va a decir: «¿Querés que vayamos a un bar, al cine?». Diga: «No tengo ganas». Él va a decir: «Como quieras». Sienta ira. Pregúntese por qué él no insiste. Sienta que sus pensamientos se confunden como insectos histéricos. Sienta deseos de beber, de fumar. Pregunte: «¿Compraste algo para la cena?». Él va a decir: «No, ¿vos?». Diga: «No». Él va a decir: «No importa. Comamos cualquier cosa». Diga: «Bueno». Mire cómo él se pone de pie y va hacia la cocina. Sienta que la tristeza es un río barroso del que usted ya no va a salir nunca. Póngase de pie. Camine hacia la cocina. Él va a estar mirando el diario. Sienta que su vida es perfecta —estupendo trabajo, casa impecable—, pero que cualquiera tiene una vida mejor que la suya. Sienta una rabia seca. Piense: «Quiero abrirme un hoyo en la mano». Piense: «Él no se daría cuenta». Quiera sangrar profusamente. Diga: «¡Querés vino?». Escuche cómo él dice: «No, gracias». Abra un cajón y, al cerrarlo, empújelo con fuerza excesiva. Vea cómo él levanta la cabeza. Diga con furia, como si fuera un canto guerrero: «Yo sí». Abra una botella. Escuche cómo él dice: «Amor, no te preocupes. Todo va a estar bien». Sienta que los ojos le queman. Pregúntese: «¿Esto que siento es odio?». Sienta que es necesario decir algo. Guarde silencio. Piense: «¿Esto que siento es desprecio?». Empiece a cocinar.



INSTRUCCIÓN 2

Mírese al espejo del baño. Repase el delineador, el rimel. Piense «Debo ponerme los aros que me regaló». Vaya hasta su cuarto, búsquelos, póngaselos. Tome su bolso, salga de la casa, suba a un taxi, dígale al taxista el nombre del hospital. En el hospital, haga el camino que conoce de memoria. Golpee la puerta suavemente, abra. Respire la atmósfera de la habitación, cargada de olor a sábanas limpias. Piense, como piensa siempre, «Qué linda luz». Salude a su madre, sentada junto a la cama. Vea cómo le indica que no haga ruido porque su padre, después de una noche de dolores sangrientos, duerme. Pregunte, como siempre pregunta, cómo está. Escuche, como siempre escucha, la misma respuesta. Siéntese. Mire a su padre en esa cama en la que lleva ya dos meses. Siéntase irritada. Pregúntese: «Para qué vengo, si no puede verme». Piense: «Si yo estuviera en su lugar, él elegiría morir por mí». Piense: «Me aburro». Converse con su madre de cosas que no le interesan. Al cabo de dos horas, mientras su padre aún duerme, salga de la habitación. En el pasillo, encuéntrese con el médico que lo atiende. Pregúntele cuánto tiempo le queda. Escuche cómo el médico le dice: «Poco». Sienta alivio y sienta pánico y sea descortés: márchese sin saludarlo. Tome el ascensor, salga a la calle, suba a un taxi, regrese a su casa. Después de cenar, al acostarse, apague el teléfono móvil. Piense: «Así evitaré que suceda esta noche». Piense: «Soy una idiota». No pueda dormir y, en algún momento, duérmase. Tenga sueños fangosos. Despiértese a las tres de la mañana con el sonidpo del teléfono fijo. Deje que suene dos, tres, cinco veces. Salga de la cama. Camine hasta la sala. Levante el tubo. Diga, horrorizada, «Hola». Piense: «De modo que así es como me empiezo a quedar huérfana».



INSTRUCCIÓN 6

Pase un buen rato en el supermercado. Esfuércese. No siempre hace las compras, así que aplíquese con entusiasmo. Mire la lista que han confeccionado juntos: harina, huevos, café. Cuando no encuentre lo que busca —eso que en la lista figura con todo detalle: marca, cantidad— pregúntese: «¿Qué hubiera comprado ella?». Escoja en consecuencia. Después de un rato, chequee si falta algo y diríjase a la caja. Pague. Cmine hasta su casa con brío, las bolsas colgando de los brazos potentes. Siéntase como un cazador/recolector que regresa a la cueva con la presa al hombro. Al llegar, anuncie: «¡Llegué!». Vea como ella se acerca caminando por el pasillo, con esa actitud que tiene en los últimos tiempos, como si se sintiera molesta, incordiada por algo que usted no alcanza a saber qué es. Deje las bolsas sobre la mesa y empiece a sacar la mercancía. Diga: «Acá está el té, la harina». Escuche cómo ella dice: «Esa no es la harina que te pedí». Diga: «No había, pero traje esta que parecía igual». Escuche cómo ella dice: «No es igual. Es más gruesa». Sienta, dentro suyo, un cosquilleo en el que se mezclan la tristeza y la ira. Diga: «Bueno, la cambio». Escuche que ella dice: «No vas a ir sólo para cambiar un paquete de harina. En algo la usaremos». No responda. Vea como ella tiene en el rostro esa expresión que a usted le produce miedo y alarma: un gesto rígido de reprobación muda, como si todo su ser estuviera diciendo: «No se puede confiar en vos, no hacés nada bien». Recuerde cómo, hasta hace poco, usted era su héroe: cómo ella tenía fe en que usted podía arreglarlo todo: un caño roto, la falta de dinero, incluso el clima. Diga: «Traje arándanos». Escuche cómo ella, ya de espaldas, yéndose por el pasillo, dice: «Bueno. A vos te gustan». Pregúntese cómo, por qué, en qué momento empezó a ser, para ella, un perfecto imbécil.



INSTRUCCIÓN 10

Están juntos desde hace quince años. Después de mucho tiempo, hacen algo que antes hacían a menudo: van a un recital en un parque. Sorpréndase cuando el olor de los baños químicos mezclándose con el de la comida de decenas de puestos ambulantes, que antes lo enardecía, ahora le produzca náuseas. Piense que ella, de todos modos, parece contenta, despreocupada. Coman algo. Deambulen. Cada tanto pregúntele: «¿A qué hora empieza?», en el mismo tono en que le pregunta «¿Pagaste el seguro del auto?». Sepa que ella detectará en su voz la nota del fastidio. Note cómo se contrae al responder «Falta una hora», para después sumergirse en un silencio hosco. Sin embargo, cuando el recital está por comenzar, ella lo toma alegremente de la mano y tracciona hacia delante, buscando sitio entre la multitud. Usted había olvidado ese brío, esa firmeza. Sienta un rayo de admiración, que se esfuma rápido. Ella se vuelve y lo mira con una sonrisa plena. Sienta que ella no está feliz: que actúa desesperadamente como si lo estuviera. Cuando la banda sale al escenario, ella aúlla, salta. Siéntase incómodo, avergonzado, como si estuviera con una mujer desconocida, escandalosa. Pregúntese: «¿Ella era así antes?». Y después: «¿Antes de qué?». De pronto, en mitad de un tema, ella se cuelga de su cuello y lo besa seminalmente, como si quisiera matarlo. Responda al beso con los labios duros, refractarios. Sienta que ella es un anzuelo intentando capturar el recuerdo de un recuerdo muerto, un gran instrumento inútil haciendo esfuerzos por volver a sonar. Sienta que todo es deforme y falso, un cuento que ella se cuenta a sí misma porque nunca dejará de buscar en usted al héroe que jamás fue, o que fue antes, o que fingió ser cuando ella era alguien a quien usted codiciaba. Sienta una repulsión demente. No por ella, sino por lo que han hecho: por lo que se han hecho.







Columna de humo. Cuatro instrucciones columnas de «Teoría de la gravedad» [Libros del Asteroide, 2019] de Leila Guerriero, escritora periodista argentina








Leila Guerriero
Tomados de Teoría de la gravedad
Libros del Asteroide, 2019